Nada mejor que un corte de luz y un martes de miércoles para oscurecer la visión del mundo. No pensar todo el tiempo en la insignificancia de nuestra existencia es una afortunada forma de defensa que nos salva de la locura y de la muerte. Pero, cada tanto, cuando el universo nos muestra su descarnada realidad, no hay forma de zafar del bajón.
Quizás sean esos los momentos en los que, ante la desesperación por lo efímero de la vida, se emprenden tareas olímpicas. Quién sabe, tal vez para ahogar mi angustia existencial me imponga alguna actividad que me permita gambetear al olvido.
Podría asegurarme la continuidad de mis genes. Dejar que un engendro de mis helicoides me fume dos décadas de las siete u ocho que puedo llegar a vivir, hostigarlo para que a su vez continúe la cadena a cualquier precio y así garantizar la perpetuidad de mi ADN.
Podría publicar mi libro. Suponer que es el nuevo Don Quijote, hacerme una cirugía para parecer un escritor serio en la foto de la contratapa, y dedicar mi vida a agrandar mi figura y denostar la de cualquier otro competidor, para que mi apellido se convierta en parte del nombre oficial de bibliotecas, escuelas y calles.
Podría inventar el próximo gran invento. Descubrir la forma de viajar a otros planetas, o fabricar la primera máquina teletransportadora. Mi legado sería verdaderamente grande entonces. Daría nombre a ciudades, y mi cara petrificada serviría de cagadero a palomas de todo el mundo.
Podría... pero como te dije, mi estimado lector de Alaska, ayer fue un martes de miércoles, y la verdad del universo se impone.
- Mis hijos quizás me recuerden bien, si no comento ninguno de los millones de errores que uno puede cometer como padre. Otro golpe de fortuna similar puede estirar una generación más ese recuerdo. Pero cuánto más puede seguir esto? Dentro de cien años, si tengo toda la puta suerte del mundo, seré una foto en la computadora de alguien totalmente distinto a mí, listo para ser deleteado para siempre.
- Mis libros quizás se vendan bien, si algún virus de mal gusto se extiende por el mundo y no se encuentra la cura. Pero cuánto tiempo más seré recordado? Dentro de mil años, si este virus se vuelve parte de nuestro ecosistema, se recordará un nombre, un grupo de letras que nada tienen que ver conmigo. Probablemente algún intelectual diga que yo no existí en realidad, fui otro o un nombre común a varios (teoría desarrollada con el fin de levantarse estudiantes), y el último momento en el que alguien piense realmente en mí sea un agradecimiento suyo en la cama por los placeres indirectamente otorgados.
- Mi invento podría cambiar el rumbo de la historia. Pero mi estimado lector alasqueño, van unas preguntas sin mala leche. Quién inventó la rueda? la agricultura? el vino? la computadora? Dentro de diez mil años ni reinventando a la humanidad evitaría que algún filósofo declarara mi muerte y otros dioses pasaran a ocupar mi lugar.
Entonces, en los días martes que parecen miércoles, yo me pregunto que diferencia hay entre ser olvidado dentro de cien, mil o diez mil años...
La esperanza es una alimaña difícil de exterminar, y ya me encuentro pensando si esta amalgama de incoherencias no son alguna forma de desafío a la condena de la nada. Nadie tendrá en cuenta estos textos? Mi lector alasqueño los olvidará pronto, la agencia estatal estadounidense que guarda todo lo que se escribe en internet jamás los leerá. Pero los programas que viven en internet saben aprovechar todo. Entre ceros y unos, en una operación virtual que no involucrará a un solo ser humano, mi escrito pasará del blog a las arañas de búsqueda, de allí deambulará por vaya a saber que lugares hasta que una agencia de publicidad virtual decida venderme algo.
Allí está la marca de mi existencia.
Sólo me falta publicar esto y ver que publicidad llega a mi e-mail.
Será el aviso de una funeraria? una editorial para escritores noveles? Una secta? La vida está llena de expectativas, y las cenizas del martes que fue miércoles me estimulan...