martes, febrero 28

El mosquito y la garúa

Malhumor de seguir despierto por una lluvia ruidosa cuyo único logro será convertir a la ciudad en un inodoro gigante. Extraño la garúa de Buenosaires. Estas tormentas pseudotropicales me tienen podrido. Me impelen a acciones ecologistas. Me provocan insultos de consorcio. Me generan una aridez de comas y un diluvio de puntos y seguido.
Nada se puede hacer durante estos baldazos histéricos. Repito y pataleo: necesito el regreso de la garúa otoñal, la que no conlleva encierro, que invita a caminar, a parar en un café, a probar nuevos pecados que serán lavados por esa amable omnipresencia del agua.
También es cierto que (según mi obtusa visión, fundamentada en el hecho de no haber vivido más que en dos ciudades en toda mi vida) Buenosaires es el único lugar del mundo en el que garúa. En el resto del mundo llovizna. La diferencia no es medible en hectopascales, o clasificable en cirrus o cumulus. Es una certeza de virtud de la tragedia que los porteños adoptivos reconocemos a veces mejor que los oriundos de estas húmedas latitudes. Es una esperanza de encuentro en el vacío de la multitud. En mi pueblo una calle desierta bajo la lluvia es una obviedad. Acá, matizada por la cortina sutil de la garúa, es un instante cursi que justifica el amor masoquista que le tenemos a esta madre urbe que nos escupe crudeza en cada esquina. La garúa es el sudor sublimado de la multitud estúpida, el llanto por los muertos absurdos, la tristeza convertida en precipitaciones aisladas.

martes, febrero 7

El mosquito y la eosofobia

Causas posibles del insomnio (recopilación):
- Sandwich de bondiola (léase mondiola) con fritas, excesivo para la cena.
- Calor y humedad.
- Contagio del insomnio de mis perros.
- Inspiración poética que se deforma en duda, búsqueda en Google, olvido de la causa inicial de la consulta al caer en un círculo vicioso de hipervínculos.
- Repetición permanente e involuntaria de un coro de Néstor Briyo.
- Partido cerrado en el fantasy.
- Inoportuna acumulación de inconvenientes domésticos durante la semana.
- Excesivo amor a la noche.
Este último punto, la noctofilia (palabra que acabo de adivinar, después la busco y si existe me como la ensalada de fruta que quedó en la heladera), es de todos los lugares comunes el más atractivo. La fantasia de una relación de amantes entre el insomne y la noche que nos obliga cada tanto a echarnos una aventura irresponsable.
Recuerdo unos versos de Borges repetidos, googleo pero vuelvo, sorprendido por la rima: "No nos une el amor, sino el espanto; será por eso que la quiero tanto". Espanto ante el día que se avecina. Qué mejor causa para el insomnio? Miedo al sol que vendrá, a los vendedores ambulantes, al fisco, a la improbable concreción de una utopía desvelada.
Mejor seguir de noche, no por amor al silencio, sino por miedo al ruido. Preferible escribir en las horas en las que no nos acechan los fanáticos religiosos ni las cronistas de espectáculos. Hacerlo rápido, sin corregir, que para eso está la merienda. Apurar los sustantivos adjetivados, despatarrar los verbos y tocarle el culo a la construcción gramatical. Rápido, antes de que el hilo de luz natural comience a bordear los edificios y se manifieste la eosofobia.