En mi segundo año en Buenos Aires tuve la fortuna de verme obligado a leer "Adán Buenosayres" de Leopoldo Marechal. La ciudad contada ahí es ya casi cien años más vieja que la de hoy, pero su dualidad, la Contradicción Amayusculada de la Ciudad del Búho versus la Ciudad de la Gallina, sigue siendo la misma.
En aquéllos primeros tiempos como porteño mi asombro y admiración abarcaba las dos partes de la ciudad. Bastaron unos pocos años para que la Ciudad de la Gallina dejara de llamarme la atención... pero no puedo negar que a veces siento por el gallinero un momento de amor masoquista que se termina ni bien veo una estatua viviente.
La Ciudad del Búho no marca su límite con la Ciudad de la Gallina cuando se pone el sol. El gallinero moderno aún vive en las fiestas luminosas y cacarea en masivas acumulaciones nocturnas. Pero la Ciudad del Búho persiste para los que saben escuchar su voz en el ruido de una rave internacional, o buscarla cuando se esconde detrás de un falso decorado de pubs seudoirlandeses sobrepoblados de gatos que pueden arañar en spanglish.
El filosofar rocanrolero de Buenosayres sobrevive a todo intento de masticación globalizadora, se va de farra con señoras oficinistas que se le animan al teatro griego, habla de mundos paralelos mientras se clava un ferné con un mecánico dental y sale de gira con un grupo de pendejos de la zona norte para buscar la última profecía de Parravicini (se dice que está dibujada en el baño de damas de una estación de servicio de Mataderos).
La Ciudad del Búho se encuenta en actos mínimos, individuales o grupales, que se resisten a la fabricación automatizada, el etiquetado y el envasado al vacío. Es una Nación de almas noctámbulas cuyo himno es el traqueteo del subte A del domingo a la mañana. Una red de personas desconectadas, que marcan su posición en el mapa de Buenosayres dejando la luz prendida a horas ridículas de la madrugada.
Aquí estoy, alguien me ve?
miércoles, diciembre 14
miércoles, noviembre 2
El mosquito apocalíptico
Y si esto es todo lo que queda? Un par de post, ideas sueltas sobre temas que en un instante pasarán de ser poco a la nada. Esta civilización está enamorada del apocalipsis, pero no entiende su naturaleza diaria. Su realización cada vez que dormimos la siesta, que desenchufamos la computadora, que nos abrochamos el cinturón antes de volar o cruzamos una puerta. El fin de nuestra vida como la conocemos está en cada segundo no vivido, en cada decisión tomada, en lo que hacemos, postergamos o nos negamos a hacer.
No estamos preocupados por el apocalipsis, estamos preocupados por el anuncio del apocalipsis. Porque si no nos avisan, no podemos elegir la frase que vamos a twittear por última vez, ni la foto final del perfil de facebook. No tememos al apocalipsis, tememos al caos. Por eso contratamos seguros, abogados y medicinas prepagas. Por eso nos casamos por civil y por iglesia, bautizamos a nuestros hijos mientras despotricamos contra el cura y compramos dos subtepass antes de que aumenten. Por eso huimos de las infernales visiones de los que pibes de la calle, por eso buscamos las infernales visiones de Hollywood en 3D. Porque estas últimas vienen con música acorde al momento, y no te toman por sorpresa.
Nuestro mundo está comenzando y terminando a cada instante, morimos y nacemos cada vez que parpadeamos. El apocalipsis ya fue.
No estamos preocupados por el apocalipsis, estamos preocupados por el anuncio del apocalipsis. Porque si no nos avisan, no podemos elegir la frase que vamos a twittear por última vez, ni la foto final del perfil de facebook. No tememos al apocalipsis, tememos al caos. Por eso contratamos seguros, abogados y medicinas prepagas. Por eso nos casamos por civil y por iglesia, bautizamos a nuestros hijos mientras despotricamos contra el cura y compramos dos subtepass antes de que aumenten. Por eso huimos de las infernales visiones de los que pibes de la calle, por eso buscamos las infernales visiones de Hollywood en 3D. Porque estas últimas vienen con música acorde al momento, y no te toman por sorpresa.
Nuestro mundo está comenzando y terminando a cada instante, morimos y nacemos cada vez que parpadeamos. El apocalipsis ya fue.
martes, agosto 9
El mosquito efímero
Nada mejor que un corte de luz y un martes de miércoles para oscurecer la visión del mundo. No pensar todo el tiempo en la insignificancia de nuestra existencia es una afortunada forma de defensa que nos salva de la locura y de la muerte. Pero, cada tanto, cuando el universo nos muestra su descarnada realidad, no hay forma de zafar del bajón.
Quizás sean esos los momentos en los que, ante la desesperación por lo efímero de la vida, se emprenden tareas olímpicas. Quién sabe, tal vez para ahogar mi angustia existencial me imponga alguna actividad que me permita gambetear al olvido.
Podría asegurarme la continuidad de mis genes. Dejar que un engendro de mis helicoides me fume dos décadas de las siete u ocho que puedo llegar a vivir, hostigarlo para que a su vez continúe la cadena a cualquier precio y así garantizar la perpetuidad de mi ADN.
Podría publicar mi libro. Suponer que es el nuevo Don Quijote, hacerme una cirugía para parecer un escritor serio en la foto de la contratapa, y dedicar mi vida a agrandar mi figura y denostar la de cualquier otro competidor, para que mi apellido se convierta en parte del nombre oficial de bibliotecas, escuelas y calles.
Podría inventar el próximo gran invento. Descubrir la forma de viajar a otros planetas, o fabricar la primera máquina teletransportadora. Mi legado sería verdaderamente grande entonces. Daría nombre a ciudades, y mi cara petrificada serviría de cagadero a palomas de todo el mundo.
Podría... pero como te dije, mi estimado lector de Alaska, ayer fue un martes de miércoles, y la verdad del universo se impone.
- Mis hijos quizás me recuerden bien, si no comento ninguno de los millones de errores que uno puede cometer como padre. Otro golpe de fortuna similar puede estirar una generación más ese recuerdo. Pero cuánto más puede seguir esto? Dentro de cien años, si tengo toda la puta suerte del mundo, seré una foto en la computadora de alguien totalmente distinto a mí, listo para ser deleteado para siempre.
- Mis libros quizás se vendan bien, si algún virus de mal gusto se extiende por el mundo y no se encuentra la cura. Pero cuánto tiempo más seré recordado? Dentro de mil años, si este virus se vuelve parte de nuestro ecosistema, se recordará un nombre, un grupo de letras que nada tienen que ver conmigo. Probablemente algún intelectual diga que yo no existí en realidad, fui otro o un nombre común a varios (teoría desarrollada con el fin de levantarse estudiantes), y el último momento en el que alguien piense realmente en mí sea un agradecimiento suyo en la cama por los placeres indirectamente otorgados.
- Mi invento podría cambiar el rumbo de la historia. Pero mi estimado lector alasqueño, van unas preguntas sin mala leche. Quién inventó la rueda? la agricultura? el vino? la computadora? Dentro de diez mil años ni reinventando a la humanidad evitaría que algún filósofo declarara mi muerte y otros dioses pasaran a ocupar mi lugar.
Entonces, en los días martes que parecen miércoles, yo me pregunto que diferencia hay entre ser olvidado dentro de cien, mil o diez mil años...
La esperanza es una alimaña difícil de exterminar, y ya me encuentro pensando si esta amalgama de incoherencias no son alguna forma de desafío a la condena de la nada. Nadie tendrá en cuenta estos textos? Mi lector alasqueño los olvidará pronto, la agencia estatal estadounidense que guarda todo lo que se escribe en internet jamás los leerá. Pero los programas que viven en internet saben aprovechar todo. Entre ceros y unos, en una operación virtual que no involucrará a un solo ser humano, mi escrito pasará del blog a las arañas de búsqueda, de allí deambulará por vaya a saber que lugares hasta que una agencia de publicidad virtual decida venderme algo.
Allí está la marca de mi existencia.
Sólo me falta publicar esto y ver que publicidad llega a mi e-mail.
Será el aviso de una funeraria? una editorial para escritores noveles? Una secta? La vida está llena de expectativas, y las cenizas del martes que fue miércoles me estimulan...
Quizás sean esos los momentos en los que, ante la desesperación por lo efímero de la vida, se emprenden tareas olímpicas. Quién sabe, tal vez para ahogar mi angustia existencial me imponga alguna actividad que me permita gambetear al olvido.
Podría asegurarme la continuidad de mis genes. Dejar que un engendro de mis helicoides me fume dos décadas de las siete u ocho que puedo llegar a vivir, hostigarlo para que a su vez continúe la cadena a cualquier precio y así garantizar la perpetuidad de mi ADN.
Podría publicar mi libro. Suponer que es el nuevo Don Quijote, hacerme una cirugía para parecer un escritor serio en la foto de la contratapa, y dedicar mi vida a agrandar mi figura y denostar la de cualquier otro competidor, para que mi apellido se convierta en parte del nombre oficial de bibliotecas, escuelas y calles.
Podría inventar el próximo gran invento. Descubrir la forma de viajar a otros planetas, o fabricar la primera máquina teletransportadora. Mi legado sería verdaderamente grande entonces. Daría nombre a ciudades, y mi cara petrificada serviría de cagadero a palomas de todo el mundo.
Podría... pero como te dije, mi estimado lector de Alaska, ayer fue un martes de miércoles, y la verdad del universo se impone.
- Mis hijos quizás me recuerden bien, si no comento ninguno de los millones de errores que uno puede cometer como padre. Otro golpe de fortuna similar puede estirar una generación más ese recuerdo. Pero cuánto más puede seguir esto? Dentro de cien años, si tengo toda la puta suerte del mundo, seré una foto en la computadora de alguien totalmente distinto a mí, listo para ser deleteado para siempre.
- Mis libros quizás se vendan bien, si algún virus de mal gusto se extiende por el mundo y no se encuentra la cura. Pero cuánto tiempo más seré recordado? Dentro de mil años, si este virus se vuelve parte de nuestro ecosistema, se recordará un nombre, un grupo de letras que nada tienen que ver conmigo. Probablemente algún intelectual diga que yo no existí en realidad, fui otro o un nombre común a varios (teoría desarrollada con el fin de levantarse estudiantes), y el último momento en el que alguien piense realmente en mí sea un agradecimiento suyo en la cama por los placeres indirectamente otorgados.
- Mi invento podría cambiar el rumbo de la historia. Pero mi estimado lector alasqueño, van unas preguntas sin mala leche. Quién inventó la rueda? la agricultura? el vino? la computadora? Dentro de diez mil años ni reinventando a la humanidad evitaría que algún filósofo declarara mi muerte y otros dioses pasaran a ocupar mi lugar.
Entonces, en los días martes que parecen miércoles, yo me pregunto que diferencia hay entre ser olvidado dentro de cien, mil o diez mil años...
La esperanza es una alimaña difícil de exterminar, y ya me encuentro pensando si esta amalgama de incoherencias no son alguna forma de desafío a la condena de la nada. Nadie tendrá en cuenta estos textos? Mi lector alasqueño los olvidará pronto, la agencia estatal estadounidense que guarda todo lo que se escribe en internet jamás los leerá. Pero los programas que viven en internet saben aprovechar todo. Entre ceros y unos, en una operación virtual que no involucrará a un solo ser humano, mi escrito pasará del blog a las arañas de búsqueda, de allí deambulará por vaya a saber que lugares hasta que una agencia de publicidad virtual decida venderme algo.
Allí está la marca de mi existencia.
Sólo me falta publicar esto y ver que publicidad llega a mi e-mail.
Será el aviso de una funeraria? una editorial para escritores noveles? Una secta? La vida está llena de expectativas, y las cenizas del martes que fue miércoles me estimulan...
viernes, julio 15
El mosquito en la red
La metáfora de la red representaba algo muy distinto en los comienzos de internet: la conexión de puntos aislados, el entramado a veces dirigido y a veces caótico que se iba dibujando entre las células digitales de un nuevo ser.
En aquella red era posible ser una pequeña araña haciendo su contribución. Hoy, especialmente en las redes sociales, uno se siente más como un mosquito en la trampa de la araña, o un pez a punto de convertirse en pescado. La inmensa red de Facebook está pasando a través de la sociedad, y es difícil no quedar atrapado y que no te guste. Nadie quiere ser un solitario pez en un mar vacío.
Si hay algo que nos ha enseñado la era digital es que nada es para siempre. Así como este post pierde valor al instante mismo de ser escrito, las redes sociales caerán, como todo, en el desuso, o serán el germen de algo nuevo y mejorpeor.
Si hay algo que nos ha enseñado la historia es que los comportamientos humanos tienden a repetirse. Modificados por el contexto quizás, pero iguales en su esquema. Unos pocos, aislados de la sociedad, inventan algo nuevo. El invento se masifica, se deforma su uso, su objetivo, su razón de ser. Mientras las masas lo consumen, otro grupo de aislados están inventando la próxima nueva gran cosa.
Por supuesto, aislarse de las redes sociales es el destierro de nuestros días, pero no cometan el error de pensar que internet es desde aquí y hasta la eternidad un perfil, una foto compartida y un comentario irónico en limitados caracteres. Mientras Carcamanes Capitalistas Co. piensan que hacer un híbrido entre Twitter y Linkedin es el siguiente paso, y deciden invertir millones para convencer al mundo de lo mismo; en algún sótano de Corea del Sur hay un pibe escuchando a Los Ramones, y se le está ocurriendo algo que los Caracamanes nunca entenderán, y que dejará a las redes sociales como uno de las cosas para recordar de "aquéllos años locos de principio de siglo".
En aquella red era posible ser una pequeña araña haciendo su contribución. Hoy, especialmente en las redes sociales, uno se siente más como un mosquito en la trampa de la araña, o un pez a punto de convertirse en pescado. La inmensa red de Facebook está pasando a través de la sociedad, y es difícil no quedar atrapado y que no te guste. Nadie quiere ser un solitario pez en un mar vacío.
Si hay algo que nos ha enseñado la era digital es que nada es para siempre. Así como este post pierde valor al instante mismo de ser escrito, las redes sociales caerán, como todo, en el desuso, o serán el germen de algo nuevo y mejorpeor.
Si hay algo que nos ha enseñado la historia es que los comportamientos humanos tienden a repetirse. Modificados por el contexto quizás, pero iguales en su esquema. Unos pocos, aislados de la sociedad, inventan algo nuevo. El invento se masifica, se deforma su uso, su objetivo, su razón de ser. Mientras las masas lo consumen, otro grupo de aislados están inventando la próxima nueva gran cosa.
Por supuesto, aislarse de las redes sociales es el destierro de nuestros días, pero no cometan el error de pensar que internet es desde aquí y hasta la eternidad un perfil, una foto compartida y un comentario irónico en limitados caracteres. Mientras Carcamanes Capitalistas Co. piensan que hacer un híbrido entre Twitter y Linkedin es el siguiente paso, y deciden invertir millones para convencer al mundo de lo mismo; en algún sótano de Corea del Sur hay un pibe escuchando a Los Ramones, y se le está ocurriendo algo que los Caracamanes nunca entenderán, y que dejará a las redes sociales como uno de las cosas para recordar de "aquéllos años locos de principio de siglo".
sábado, junio 25
El mosquito cartesiano
Girar en círculos hasta caer o quemarse. Típico de polillas o moscas, pero no de mosquitos. Al mosquito no lo deslumbran las fuentes artificiales de luz, ni vuela con patrones tan previsibles. Su recorrido aéreo puede parecer azaroso, pero tienen un único objetivo. No los colores de una flor, ni la promesa de un sol nocturno; no hay distracciones para el mosquito, el instinto y sus sentidos lo guían inequívocamente hacia el octenol. No ve la sangre, pero sabe que está ahí.
Mientras tanto uno sigue acá, escribiendo inexactitudes a cualquier hora, porque no puede dar con el objeto de su persecución. Como un lisiado mosquito cartesiano que plantea la duda como método y el círculo como problema, entonces, aunque sepa que la sangre está en algún lado, sigue dando vueltas alrededor de ideas brillantes pero imposibles de alcanzar.
La naturaleza no tendría piedad con este mosquito cartesiano, pero afortunadamente nos inventamos algo llamado sociedad moderna, en la que uno puede dedicar su vida a una actividad y ganarse el sustento haciendo otra completamente diferente en forma mecánica y desalmada.
Mi problema circular comenzó hace algún tiempo, pero estoy por llegar al punto de no retorno. Una vuelta más, y ya no me quedará otro camino que volar hacia la luz. Alrededor de qué estoy girando? Es una luz cegadora (un disparo de nieve)? Es finalmente el llamado del octenol? Yira... yira...
Mientras tanto uno sigue acá, escribiendo inexactitudes a cualquier hora, porque no puede dar con el objeto de su persecución. Como un lisiado mosquito cartesiano que plantea la duda como método y el círculo como problema, entonces, aunque sepa que la sangre está en algún lado, sigue dando vueltas alrededor de ideas brillantes pero imposibles de alcanzar.
La naturaleza no tendría piedad con este mosquito cartesiano, pero afortunadamente nos inventamos algo llamado sociedad moderna, en la que uno puede dedicar su vida a una actividad y ganarse el sustento haciendo otra completamente diferente en forma mecánica y desalmada.
Mi problema circular comenzó hace algún tiempo, pero estoy por llegar al punto de no retorno. Una vuelta más, y ya no me quedará otro camino que volar hacia la luz. Alrededor de qué estoy girando? Es una luz cegadora (un disparo de nieve)? Es finalmente el llamado del octenol? Yira... yira...
miércoles, junio 1
El mosquito insomne
Nunca vi al mosquito que entró a nuestro dormitorio en esa madrugada de otoño. La aniquilación de ciertos sueños que ya estoy olvidando no sucedió por su acción directa, sino por un dominó de excentricidades que termina conmigo escribiendo para nadie mientras el sol hace un fade in de los contornos de la ciudad.
Mi madrugar no fue tan poético. Comenzó con unos golpes y movimientos impropios de la hora y el lugar, un abrir de ojos y la sopresa de encontrar las luces prendidas y a mi mujer parada en la cama, con los brazos semicontraídos y la vista inquieta, acechando al anónimo díptero.
Ahora ella duerme, ni siquiera el fracaso de su cacería le impidió el regreso al sueño. Y yo, daño colateral, escribo esto para mí solo, como concreción de una idea que me zumbaba desde hacía ya algún tiempo: escribir en internet evitando la tentación de difundir el acontecimiento en las redes sociales, negarme a la facilidad de twittear y facebuquear algo para que lo lean mis 4 amigos, mi vieja y algún que otro equivocado.
Hubo una época, y estoy hablando de este mismo siglo, en el que internet era una forma de comunicación buscando estructuras. Era el mail y el regreso a la carta, la exploración del diseño de páginas, el blog sin fines comerciales.
No reniego de los cambios, sí de la tendencia a la uniformidad, de la creatividad limitada a twittear con ingenio y hacer comentarios graciosos en las fotos de otras personas. No todos los mosquitos realizan sus vampíricas actividades en las tardes de verano. La sorpresa y la improbabilidad estadística están siempre al acecho, y el día en el que no sea así, nuestra humanidad habrá dejado su lugar a alguna otra cosa.
Por eso, va mi brindis cafetero para los mosquitos insomnes, para las rebeliones inútiles, para el lector que este post nunca va a tener, aunque...
Mi madrugar no fue tan poético. Comenzó con unos golpes y movimientos impropios de la hora y el lugar, un abrir de ojos y la sopresa de encontrar las luces prendidas y a mi mujer parada en la cama, con los brazos semicontraídos y la vista inquieta, acechando al anónimo díptero.
Ahora ella duerme, ni siquiera el fracaso de su cacería le impidió el regreso al sueño. Y yo, daño colateral, escribo esto para mí solo, como concreción de una idea que me zumbaba desde hacía ya algún tiempo: escribir en internet evitando la tentación de difundir el acontecimiento en las redes sociales, negarme a la facilidad de twittear y facebuquear algo para que lo lean mis 4 amigos, mi vieja y algún que otro equivocado.
Hubo una época, y estoy hablando de este mismo siglo, en el que internet era una forma de comunicación buscando estructuras. Era el mail y el regreso a la carta, la exploración del diseño de páginas, el blog sin fines comerciales.
No reniego de los cambios, sí de la tendencia a la uniformidad, de la creatividad limitada a twittear con ingenio y hacer comentarios graciosos en las fotos de otras personas. No todos los mosquitos realizan sus vampíricas actividades en las tardes de verano. La sorpresa y la improbabilidad estadística están siempre al acecho, y el día en el que no sea así, nuestra humanidad habrá dejado su lugar a alguna otra cosa.
Por eso, va mi brindis cafetero para los mosquitos insomnes, para las rebeliones inútiles, para el lector que este post nunca va a tener, aunque...
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