martes, febrero 28

El mosquito y la garúa

Malhumor de seguir despierto por una lluvia ruidosa cuyo único logro será convertir a la ciudad en un inodoro gigante. Extraño la garúa de Buenosaires. Estas tormentas pseudotropicales me tienen podrido. Me impelen a acciones ecologistas. Me provocan insultos de consorcio. Me generan una aridez de comas y un diluvio de puntos y seguido.
Nada se puede hacer durante estos baldazos histéricos. Repito y pataleo: necesito el regreso de la garúa otoñal, la que no conlleva encierro, que invita a caminar, a parar en un café, a probar nuevos pecados que serán lavados por esa amable omnipresencia del agua.
También es cierto que (según mi obtusa visión, fundamentada en el hecho de no haber vivido más que en dos ciudades en toda mi vida) Buenosaires es el único lugar del mundo en el que garúa. En el resto del mundo llovizna. La diferencia no es medible en hectopascales, o clasificable en cirrus o cumulus. Es una certeza de virtud de la tragedia que los porteños adoptivos reconocemos a veces mejor que los oriundos de estas húmedas latitudes. Es una esperanza de encuentro en el vacío de la multitud. En mi pueblo una calle desierta bajo la lluvia es una obviedad. Acá, matizada por la cortina sutil de la garúa, es un instante cursi que justifica el amor masoquista que le tenemos a esta madre urbe que nos escupe crudeza en cada esquina. La garúa es el sudor sublimado de la multitud estúpida, el llanto por los muertos absurdos, la tristeza convertida en precipitaciones aisladas.

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