Silencio, hospital...
Sábado, 7:05 - Obreros taladran sin piedad los fundamentos de la sana convivencia barrial. Los perros van y vienen de la cama, Anita reza rezongos que olvidará antes de despertarse. Giro en la cama, con una leve esperanza de que sólo se trate de un momento, el sueño venza al ruido y pueda volver a dormirme. ¿Cuánto falta para el revoque fino?
7:15 - Los ruidos persisten, los obreros ensayan poesía dadaísta gritada al paso de señoritas que todavía no volvieron del viernes y tratan de tapar el ácido sol con sus manos. El despertar es inevitable, la continua construcción no respeta el día de descanso. La bandera de rendición es el paso por el baño, después de ahí ya no hay retorno. Los perros reclaman desayuno, yo pongo el agua para unos mates solitarios.
8:00 - El mate necesita arreglo, pero engancho el comienzo de "El ataque de la mujer de 50 pies" (la posta, en blanco y negro). Los perros ya desayunaron, intentaron en vano convencerme de que les de un paseo y ahora duermen.
9:05 - Muere la mujer de 50 pies, no hay nada más en la tele. En 5 minutos repaso las páginas de internet habituales, nada muy distinto a las noticias de la noche anterior. Por la ventana se filtra un grito desesperado de un vecino, pero los taladros, martillos y demás instrumentos de tortura hacen caso omiso a las amenazas.
9:15 - Despierto a los perros, mi desgracia es su suerte. Me visto y los preparo para dar una vuelta. Anita balbucea algo, le digo que sí por las dudas y salgo. En la calle hay una explosión demográfica de viejas, habitual de la hora.
10:00 - Los perros entran y van directo a la cama. Busco el reader en mi mesa de luz, abro los cuentos completos de Philip Dick.
11:10 - Silencio repentino. Apenas algunos ruidos delatan que en la construcción todavía se trabaja. Cinco minutos más tarde el olor a fuego de asado explica todo. Anita se levanta, se pone a preparar el desayuno. Bostezo y prendo la tele, en un rato arranca el partido del Manchester City...
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