En mi segundo año en Buenos Aires tuve la fortuna de verme obligado a leer "Adán Buenosayres" de Leopoldo Marechal. La ciudad contada ahí es ya casi cien años más vieja que la de hoy, pero su dualidad, la Contradicción Amayusculada de la Ciudad del Búho versus la Ciudad de la Gallina, sigue siendo la misma.
En aquéllos primeros tiempos como porteño mi asombro y admiración abarcaba las dos partes de la ciudad. Bastaron unos pocos años para que la Ciudad de la Gallina dejara de llamarme la atención... pero no puedo negar que a veces siento por el gallinero un momento de amor masoquista que se termina ni bien veo una estatua viviente.
La Ciudad del Búho no marca su límite con la Ciudad de la Gallina cuando se pone el sol. El gallinero moderno aún vive en las fiestas luminosas y cacarea en masivas acumulaciones nocturnas. Pero la Ciudad del Búho persiste para los que saben escuchar su voz en el ruido de una rave internacional, o buscarla cuando se esconde detrás de un falso decorado de pubs seudoirlandeses sobrepoblados de gatos que pueden arañar en spanglish.
El filosofar rocanrolero de Buenosayres sobrevive a todo intento de masticación globalizadora, se va de farra con señoras oficinistas que se le animan al teatro griego, habla de mundos paralelos mientras se clava un ferné con un mecánico dental y sale de gira con un grupo de pendejos de la zona norte para buscar la última profecía de Parravicini (se dice que está dibujada en el baño de damas de una estación de servicio de Mataderos).
La Ciudad del Búho se encuenta en actos mínimos, individuales o grupales, que se resisten a la fabricación automatizada, el etiquetado y el envasado al vacío. Es una Nación de almas noctámbulas cuyo himno es el traqueteo del subte A del domingo a la mañana. Una red de personas desconectadas, que marcan su posición en el mapa de Buenosayres dejando la luz prendida a horas ridículas de la madrugada.
Aquí estoy, alguien me ve?
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