Abyecto. Aunque quizás sea la palabra más adecuada para definir lo sucedido, otros son los adjetivos con los que mi mujer me califica mientras me echa de la cama. Pensaba hasta no hace mucho que el límite de lo abyecto se rompía una sola vez en la pareja, y que después ya no había retorno. Estúpida creencia adquirida por el exceso de comedias románticas de dudosa procedencia.
Pero por lo que veo ahora, las relaciones pasan por varias etapas de lo abyecto y actualmente estoy en una en la que el límite ha reaparecido. Y creo que en este post también está ese límite. Podría ser directo, simple y hasta vulgarmente obvio, pero por alguna razón en esta noche el tabú está ahí.
Descubrir a otra persona en su corporalidad, entender en un instante la realidad física de ese otro que en algún momento creimos etéreo, y aceptarlo, requiere de un proceso mental que no todos son capaces de realizar.
Quizás quienes huyen de una intimidad excesiva tienen más miedo a lo que sucede en el baño que a los temas de alcoba.
Qué aburrido es todo de este lado de lo abyecto, pero quizás si no cruzo esa línea en este texto, se me permita volver a la cama y dormir placidamente junto a mi mujer hasta la próxima ocasión en la que una de mis épicas erupciones sulfúricas me vuelvan a poner en retirada.
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