miércoles, junio 1

El mosquito insomne

Nunca vi al mosquito que entró a nuestro dormitorio en esa madrugada de otoño. La aniquilación de ciertos sueños que ya estoy olvidando no sucedió por su acción directa, sino por un dominó de excentricidades que termina conmigo escribiendo para nadie mientras el sol hace un fade in de los contornos de la ciudad.
Mi madrugar no fue tan poético. Comenzó con unos golpes y movimientos impropios de la hora y el lugar, un abrir de ojos y la sopresa de encontrar las luces prendidas y a mi mujer parada en la cama, con los brazos semicontraídos y la vista inquieta, acechando al anónimo díptero.
Ahora ella duerme, ni siquiera el fracaso de su cacería le impidió el regreso al sueño. Y yo, daño colateral, escribo esto para mí solo, como concreción de una idea que me zumbaba desde hacía ya algún tiempo: escribir en internet evitando la tentación de difundir el acontecimiento en las redes sociales, negarme a la facilidad de twittear y facebuquear algo para que lo lean mis 4 amigos, mi vieja y algún que otro equivocado.
Hubo una época, y estoy hablando de este mismo siglo, en el que internet era una forma de comunicación buscando estructuras. Era el mail y el regreso a la carta, la exploración del diseño de páginas, el blog sin fines comerciales.
No reniego de los cambios, sí de la tendencia a la uniformidad, de la creatividad limitada a twittear con ingenio y hacer comentarios graciosos en las fotos de otras personas. No todos los mosquitos realizan sus vampíricas actividades en las tardes de verano. La sorpresa y la improbabilidad estadística están siempre al acecho, y el día en el que no sea así, nuestra humanidad habrá dejado su lugar a alguna otra cosa.
Por eso, va mi brindis cafetero para los mosquitos insomnes, para las rebeliones inútiles, para el lector que este post nunca va a tener, aunque...

1 comentario:

Anitas dijo...

Ajajajaj!!!!...Me encanto Rodas!!!